lunes, 6 de febrero de 2017

La máscara y la imagen

Tres parecen ser las funciones de toda máscara portada durante un ritual: ya sea permite que un espíritu tome posesión del portador de la máscara -máscara que fija una imagen determinada, o una forma determinada, de un ser, un espíritu que por definición no tiene ninguna forma concreta, si bien puede adquirir, como el dios griego Proteo, dotado del don de la metamorfosis, cualquier forma-; por el contrario, la máscara transforma o transporta a su portador en o hacia el espíritu cuya imagen -una de cuyas imágenes- cubre el rostro del hombre -o lo sustituye-, de modo que el espíritu puede mirarse a los ojos de un semejante; o, por fin -y ésta es la función principal, tan distinta de la que el mundo clásico occidental determinó-, transforma al portador en la imagen que el espíritu percibe; en este caso, la máscara no representaría -o sustituiría- una faz visible del espíritu, sino que mostraría lo que éste descubre. No haría visible lo que el mago o chamán ve, sino lo que el espíritu ve. La máscara es la imagen que llama la atención del espíritu, y que solo cobra sentido cuando éste abre los ojos y se digna a mirar el mundo.
El punto de vista se invertiría: quien ve -y revela lo que ve- no es el sujeto, sino el "objeto". La máscara reproduce la visión del espíritu que ve al ser humano portador de una máscara, como no necesariamente un igual, un espíritu, sino como un ser con una imagen dada y reconocible (a ojos del espíritu).

Esta inversión no es propia de culturas no occidentales. El icono bizantino se estructura según una perspectiva invertida. La imagen no muestra lo que el pintor -es decir, el espectador cuando éste se sitúa en el lugar del pintor- percibe -la escena sagrada representada: el hijo de dios, el cortejo celestial, etc.-, sino lo que Dios percibe. Eso es lo que explica que las figuras en el plano del fondo del icono bizantino tengan un tamaño mayor que las del primer plano. Si la imagen revela lo que un hombre ve la representación en el icono no tiene sentido: necesariamente las figuras en primer término deberían aparecer con un tamaño superior a las del fondo. Sin embargo, la aparente incongruencia se resuelve si pensamos que las figuras más alejadas de nosotros -las figuras en el último plano- son las que están más cerca de los ojos de la divinidad y, por tanto, Le aparecen como las más altas y nítidas.

En algunas culturas, máscaras y efigies no son imágenes: no reproducen o duplican seres (visibles o invisibles, mortales o inmortales, de este u otro tiempo) -como cualquier imagen tal como se contempla en la tradición occidental-, sino que los fundan. Los seres existen, son, porque se tallan, se modelan imágenes que son prototipos. Los seres son imágenes de imágenes. Las imágenes son perfectas, inmutables, no están sometidas al tiempo. En cuanto se ejecutan, los seres mostrados cobran vida. Somos la sombra de nuestras efigies. En tanto que imágenes somos fugaces, mientras que nuestras efigies tienen la capacidad de alumbrar a nuevos seres -tan transitorios como nosotros. El mundo verdadero está por tanto poblados de imágenes -que son seres vivos, pero que no se mueven: lo que se mueve alrededor suyo, es el baile de los humanos, los animales y las plantas, siempre caducos, al contrario que sus modelos o matrices.

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